jueves, 21 de diciembre de 2017

Cuando aprendes a desnudar la osadía

Aprendí a dejar de ser reprimida por miedo. Reprimir emociones, sensaciones, experiencias y pensamientos. 

Buscando la aprobación de una sociedad cada día más marchitada y mustia por los estereotipos de lo supuestamente correcto. Y claro, así, no. 

Aprendí a ser la descarada que hay en mi. Pero con clase, oye. La clase por encima de todo. 

Como si no supiéramos ser vulgares y groseros cuando nadie nos mira, cuando nadie nos ve… o alguien, quién tú elijas, claro. 

Ese alguien que no te mira como si fueras ordinario. Ese alguien que te observa con ternura cuando te pones en modo trivial y pedestre. 

Y gusta, eso gusta… vaya si gusta. Que no te miren por encima del hombro. Ni por debajo, claro está. 

La terneza y requiebro de las miradas que piensan en toda la sana locura que reside en ti, leyéndose a través de esas sonrisas que llevan el nombre de ternura.

Aprendí a desnudar la osadía y ponerla encima la mesa. Así, con la transparencia de las circunstancias. 

Que no estamos ya para ir poniendo lazos de regalo a la cordura y a la contención del castigo cuando nos cohiben.

Y fue entonces, ha sido entonces, desde que me puse por montera el amor propio, cuando renací. Cuando me redescubrí. Cuando entendí de qué va esto de la vida.

Déjate de memeces del qué dirán. Del qué dirán no se come. Ni se respira. Ni se aprende. Ni se crece. Ni mucho menos se vive.

VIVIR, del verbo “ese rato que pasas cuando no te estás preocupando en exceso por lo que no te aporta.”

Mientras inviertes tiempo en quien no te aporta, dejas de hacerlo en quien sí. En ti, por ejemplo.

Recuerda: Los demás van a respetarte cuando comprendas que el primer respeto es el que te debes a ti mismo. Porque si de alguien vas a ser siempre, pase lo que pase, es de ti. Y punto




No hay comentarios:

Publicar un comentario